HABLAR SIN PENSAR…, ¡cuántas veces nos hemos arrepentido de haber dicho algo que no queríamos!

Y es que hay que reconocer que no es fácil mantener la calma cuando se está bajo presión. A menudo se pueden decir cosas que podrían ofender a la otra persona, y lo único que se consigue es empeorar la situación.

Debido a la imperfección y a la tensión de las dificultades que nos rodean, es fácil que, dentro del matrimonio, aumenten las probabilidades de que haya mala comunicación, lo cual produce malentendidos y se hagan comentarios desconsiderados que con tanta facilidad se nos escapan. En vez de amigos se convierten en rivales y los desacuerdos constantes pueden hacer que se llegue a la conclusión de que no están hecho el uno para el otro.

Por otro lado, hay que decir que el que dos personas se amen, no significa que estas siempre vayan a estar de acuerdo en todo.

Por eso, ¿qué se puede hacer para evitar que las diferencias de opinión abran una brecha en la relación? ¿Cómo hablar sin herir? ¿Cómo llegar a acuerdos?

En esta ocasión vamos a hablar de dos cualidades importantes que sin lugar a duda fomentarán una buena comunicación y lograrán el mejor de los resultados: el respeto y el perdón.

Ni que decir tiene que cuando nos dirigimos a los demás con respeto, les otorgamos dignidad y afecto. ¡Cuánto más si con quien hablamos es nuestro cónyuge!

De ahí la importancia de recordarnos que es igual de importante qué decimos que cómo lo decimos.

El valioso libro de los Proverbios contiene el siguiente consejo inspirado: “Las palabras dichas sin pensar son como las estocas de una espada, pero la lengua de los sabios cura las heridas”

Soltar las cosas sin pensar es semejante a las “estocadas de una espada”, y aunque las heridas provocadas pueden pasar inadvertidas para los demás – ese dolor invisible – puede ser más profundo que el de una herida física, pues atraviesa el corazón, es decir, nuestro entero ser o persona interior.

En efecto, las heridas emocionales que producen las palabras ofensivas dichas por los que más queremos, quizás tarden mucho tiempo en sanar, nutren la desconfianza entre los cónyuges e incluso pueden desembocar en violencia doméstica.

Sin embargo, el respeto, hace que seamos amables y considerados; que no refutemos enseguida la opinión de nuestro cónyuge ni nos pongamos a la defensiva. Más bien, permite que demos la oportunidad de expresar su opinión “sin interrupciones”. Dicha cualidad nos lleva a procurar escuchar lo que se dice para así demostrar a nuestra pareja que comprendemos sus sentimientos.

Por ilustrarlo: cuando hablamos con nuestro cónyuge y expresamos nuestros sentimientos es semejante a pasar una pelota; normalmente la tiramos de forma que la otra persona pueda atraparla con facilidad. Ahora bien, si cuando estamos hablando “tiramos a dar” o lanzamos nuestras palabras con mucha fuerza, pudiéramos – sin querer – hacer daño a nuestro cónyuge y hacer que nuestras palabras se conviertan para este en un arma arrojadiza. Por eso, lanzar comentarios cortantes, llenos de reproches y acusaciones, equivaldría a tener una forma de hablar hiriente como las estocadas de una espada.

Lamentablemente, no podemos volver atrás cuando se ha asestado una “estocada irreflexiva” por un desacuerdo. Una vez que nuestras emociones se han desbordado, solo queda hacer recuento de cuánta confianza y afecto se ha perdido en la relación. En una discusión, ambas partes siempre pierden.

Sin embargo, si recordamos, el proverbio antes citado también decía que “la lengua de los sabios cura las heridas”.

¿Es posible sanar las heridas provocadas por una discusión? ¿Se puede vencer al resentimiento?

Por supuesto que sí, siempre y cuando ambas partes luchen contra un enemigo común dentro del matrimonio, a saber, el orgullo.

El orgullo es un virus letal para una posible reconciliación; quita el deseo de pedir perdón y anula el valor que se requiere para hacerlo. Lleva a que uno se contente con pensar que… “ya se le pasara”.

Pero está claro que las cuestiones sin resolver crean barreras en la comunicación, hace que ambos cónyuges se retiren la palabra y tras refugiarse en un muro de silencio expresen continuos suspiros y gestos de desaprobación.

Permanecer en un estado de irritación prolongado es destructivo, pues cuanto más tiempo pasen sin hablarse, más grande y distante se hará la brecha entre ambos y el resentimiento irá anidando en el corazón de cada uno.

Sin embargo, saber perdonar y pedir disculpas sinceras hace que el orgullo se muera de hambre.

Alguien dijo en cierta ocasión: “El que no perdona destruye un puente por el que él mismo tiene que pasar”

Así es, pedir perdón es como “construir un puente” para hacer las paces, admitiendo sin excusas que se cometió un error. En muchas ocasiones, decir “lo siento”, es más importante que decir “te quiero”

En cierta ocasión, se preguntó a una pareja feliz en su sexagésimo aniversario de boda cuál había sido el secreto del éxito de su matrimonio. El esposo dijo: “Aprendimos a no acostarnos sin antes resolver las diferencias, sin importar lo pequeñas que fueran”.

¡Cuántas parejas aprenden demasiado tarde que es mucho más importante ganarse el cariño del cónyuge que ganar una discusión!

En un matrimonio puede que a veces surjan diferencias de opinión, pero dónde algunos ven en ellas momentos de provocación y distanciamiento, otros simplemente las ven como oportunidades para conocerse mejor y ser comprensivos.

En conclusión, una buena comunicación implica aprender a expresar nuestras ideas y sentimientos con franqueza, pero con perspicacia, amor y profundo respeto.

En estas últimas semanas se han resaltado principios y consejos inspirados para ayudar a las familias.

Para la semana que viene, hablaremos de un “asesino silencioso”, LA ANSIEDAD.

Mientras tanto, desde ASACOVID deseamos que tengáis un muy buen comienzo de semana y que sigáis recibiendo el ánimo que necesitáis para seguir adelante. ¡Hasta pronto!